Oaxaca y Paso del Norte

Cortesía de El Correo de Oaxaca/León García Soler

A diez años de la guerra de Calderón ensordecen los cañones del combate en el espacio infinito de la mentira y la desaforada demolición de las instituciones. Ganó por un puñado de votos el cruzado Felipillo Calderón. Y ante las multitudes que llenaron las avenidas del centro histórico, ante el Hemiciclo a Juárez, frente a la Alameda que Diego Rivera inmortalizó con la imagen de la Catrina y la frase laica y liberal del Nigromante: “Dios no existe”, perdió la calma el tabasqueño López Obrador. Y lanzó el grito lastimero de ¡al demonio con las instituciones!
Este año hubo un tímido eco del alarido que pareció darle la razón al demoledor español de honras al servicio de Felipe Calderón: “¡López Obrador es un peligro para México!”, grabó en el fango mediático Antonio Solá.

Y los del dinero, los que quemaron libros de texto y algunos de ellos sus credenciales del PRI, los de la conspiración de Chipinque, entonaron cánticos ante el altar y dieron gracias al Señor por haberse salvado de un agitador con fama de izquierdista radical, a pesar del origen tricolor en sus inicios tabasqueños, allá entre el agua eterna y la sombra persistente de Garrido Canabal: Andrés Manuel, eficaz activista oficial entre los indígenas, escribió una oda amorosa que fuera el himno del PRI.

Diez años hace del dueto operático. Y después del sexenio fatal de Calderón y la persistencia de la guerra que declaró a los narcos y el pacto con los vecinos del norte para aplicar enérgicamente las estrategias y planes de la DEA y otras agencias de Washington, el de Tabasco volvió a peregrinar de pueblo en pueblo en busca del mandato que pusiera en sus manos la titularidad del Supremo Poder Ejecutivo de la Unión; la Presidencia de la República, institución por excelencia y mito inmortal a la sombra del oaxaqueño Benito Juárez, quien viajó en carroza por todo el territorio nacional hasta encontrar refugio en el Paso del Norte, la ciudad fronteriza, símbolo de la soberanía sobreviviente en la inmediata vecindad de la potencia expansionista más poderosa de la historia.

Volvió a perder las elecciones López Obrador. Y Enrique Peña Nieto recuperó el bastón de mando perdido en el vuelco finisecular que nos trajo el sufragio efectivo y la farsa hilarante de Vicente Fox en el papel de matagigantes, heroico vencedor de la longeva hegemonía del priato. “¿Y yo, por qué?”, respondía el agente de la Coca-Cola a las solicitudes de sus mandantes. Peña Nieto encontró rápida respuesta: hizo política y pactó con el PAN y el PRD una serie de reformas estructurales, en las que cada quien cedió algo y obtuvo lo que pudo. Menos los ciudadanos, el pueblo al que los de hoy en día llaman “la gente”, para no invocar a los de abajo y alentar una revuelta en serio, pero en serio.

Ahí estábamos cuando se vino abajo el tinglado y el Alcázar de Chapultepec se convirtió en torre de Babel. El sistema plural de partidos se desmoronó y las fuerzas centrifugas arrasaron con el sueño de la democracia sin adjetivos y la parálisis como sinónimo de estabilidad económica y la desigualdad en destino de más de cincuenta millones de mexicanos en marcha de la locura hacia el abismo. Y surgió en la sólida democracia vecina de los pesos y contrapesos la toma del poder a golpes de xenofobia, racismo y odio a la otredad; esto es, el protonazifascismo, la mentira evangelio. Y nuestros disciplinados tecnoburócratas se disfrazan de patriotas. Así con la sombra fatídica de Trump y la violencia incontenible en nuestra tierra, la conversión del fiero tabasqueño en predicador del amor al prójimo y firme defensor de las instituciones que alguna vez mandó al diablo, a nadie debiera sorprender.

Pero estos son tiempos de portentos. Amor y paz, predica el pastor de Morena. Así sea. Para acabar con la corrupción que ha corroído al país, dice, no hacen falta armas, fiscales y jueces; basta con un hombre honesto en la Presidencia y de arriba abajo imperará la honestidad impoluta; no habrá persecución ni cacería de brujas, el mandatario honesto ofrece de antemano amnistía a los pecadores, a todo aquel que abandone a la mafia del mal que gobierna. Y bajaron de las alturas del capital acumulado los arrepentidos. Romo, un empresario de a caballo que ya anduvo por la veredas de “El Peje”, tiene a su cargo el plan de gobierno del edén sexenal; y Esteban Moctezuma Barragán, hijo y nieto de notables, quien ya fue secretario de Gobernación de Ernesto Zedillo y ha dirigido la fundación Salinas, el de la televisión, el comercio y la banca, diseña la política social del único candidato firme a la Presidencia de la República.

Los encuestadores y los madrugadores prestos a la carga de los búfalos, sonríen beatíficamente. Menos mal que en estas fechas, cercanas a la conmemoración del natalicio de Juárez, soplaron vientos de fronda. En viaje al otro lado del Río Bravo, el de Tabasco fue interpelado por un emigrante padre de uno de los normalistas de Ayotzinapa. Hirvió la sangre tropical y el huracán del verbo arrasó con la dulzura franciscana. En verdad no tiene importancia que a López Obrador lo sacara de quicio la insistente reclamación. ¡Eres un provocador!, se escuchó claramente. Y algo más, algo confuso.

Y aunque se desdijo. No resiste el desmentido del vocero y la exigencia del secretario de Gobernación: En asunto tan grave, se impone acudir al Ministerio Público y exhibir las pruebas de los cargos de responsabilidad hechos…

No son estos tiempos para poner el coco y luego asustarse de él. Pronto oiremos decir por todas partes de cómo vino Trump y cómo se fue. En la opacidad de 2017-2018 hay que insistir en la sentencia política por excelencia: “El que no quiera ver fantasmas, que no salga de noche”.
Lo demás es silencio…

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